Nos enseñaron que la censura llega con botas, con un decreto, con un general llamando al director del periĂ³dico. Esa censura ya casi no existe. La censura moderna no clausura medios, los compra. No necesita censurar una portada, le basta con comprar la publicidad que la sostiene.
Y en RepĂºblica Dominicana, como en casi toda AmĂ©rica Latina, el mayor cliente de la mayorĂa de los medios es el Gobierno.
EL NEGOCIO QUE MATA EL PERIODISMO
El modelo es simple y perverso. Un periĂ³dico, un canal, una emisora, un portal digital necesita vender para vivir. Y el mercado publicitario privado dominicano es pequeño, concentrado y muchas veces atado tambiĂ©n al poder. Entonces aparece el Estado como el gran anunciante. Presidencia, ministerios, direcciones, alcaldĂas, Banco de Reservas, Edes, INAPA. Miles de millones de pesos al año en publicidad oficial.
NingĂºn medio puede darse el lujo de perder ese cliente. Ninguno.
Y cuando tu mayor cliente es el Gobierno, no necesitas que un ministro te llame para decirte quĂ© no publicar. TĂº mismo aprendes a no publicarlo. A eso se le llama autocensura y es mucho mĂ¡s efectiva que la censura, porque no deja huellas, no deja mĂ¡rtires, no deja escĂ¡ndalo. Solo deja silencio.
CUANDO LA PUBLICIDAD SE VUELVE CENSURA
La publicidad oficial, en teorĂa, deberĂa servir para informar a la ciudadanĂa: una jornada de vacunaciĂ³n, un cambio en el trĂ¡nsito, una licitaciĂ³n. En la prĂ¡ctica, se ha convertido en una herramienta de premio y castigo.
Si eres complaciente, recibes. Si eres crĂtico, te suspenden. No te lo dicen abiertamente. Te dicen que "no hay presupuesto este mes", que "hay que reevaluar la pauta", que "viene una nueva estrategia de comunicaciĂ³n". Pero todos entienden el mensaje.
AsĂ se crea un periodismo de dos velocidades. Un periodismo que investiga hasta donde el cliente lo permite. Que denuncia la corrupciĂ³n pequeña, la del alcalde de un pueblo, pero no la grande, la del contrato de miles de millones. Que hace reportajes sobre la delincuencia, pero no sobre quiĂ©n importa la delincuencia. Que habla de todo, menos de quien le paga la nĂ³mina.
Y entonces el ciudadano cree que vive en un paĂs con libertad de prensa porque ve 20 programas de opiniĂ³n gritando. Pero si todos gritan sobre lo mismo y todos callan sobre lo mismo, no hay pluralidad. Hay un coro.
EL MIEDO QUE NO SE VE
El peor daño de este modelo no es econĂ³mico, es moral. Corrompe al periodista desde adentro.
El joven reportero que entra con ganas de cambiar el mundo aprende rĂ¡pido que si quiere ascender, si quiere que su programa siga al aire, si quiere que su portal consiga anuncios para pagarle a fin de mes, tiene que aprender a negociar su lĂnea editorial. Un dĂa deja de preguntar. Otro dĂa deja de insistir. Otro dĂa titula mĂ¡s suave.
No se vende de golpe. Se alquila por partes.
Y el Gobierno no necesita comprar a todos los periodistas. Le basta con comprar a los dueños. El periodista que resiste se queda sin plataforma. Se va a redes, se vuelve independiente, y entonces el mismo sistema lo acusa de no ser objetivo, de no ser profesional, de ser un "comunicador de YouTube".
Hemos creado un ecosistema donde ser independiente es sinĂ³nimo de ser precario, y ser oficialista es sinĂ³nimo de ser exitoso.
LA ILUSION DE PLURALIDAD
Tenemos mĂ¡s medios que nunca y menos diversidad real que nunca. Cientos de portales que replican la misma nota de prensa, decenas de programas con los mismos invitados del Gobierno explicando los mismos logros, sin una sola pregunta incĂ³moda.
Eso no es libertad de prensa. Eso es libertad de empresa usando la palabra prensa. Es el derecho a tener un micrĂ³fono, pero no el deber de usarlo para fiscalizar.
La verdadera libertad de prensa no se mide por cuĂ¡ntos medios pueden hablar bien del Gobierno, sino por cuĂ¡ntos pueden hablar mal del Gobierno y seguir existiendo mañana.
Con esa vara, ¿CuĂ¡ntos medios libres tenemos realmente?
COMO SE ROMPE LA CADENA
NingĂºn Gobierno va a renunciar voluntariamente a su arma mĂ¡s poderosa. La publicidad oficial es el ministerio de propaganda mĂ¡s barato y mĂ¡s efectivo. Por eso la soluciĂ³n no vendrĂ¡ de arriba. Tiene que venir de tres reformas que nos hemos negado a hacer.
1. LEY DE PUBLICIDAD OFICIAL TRANSPARENTE
Publicidad oficial no es un favor del presidente de turno. Es dinero pĂºblico. Debe haber una ley que obligue a distribuirla con criterios tĂ©cnicos, auditables y pĂºblicos: audiencia real, alcance, pluralidad, no simpatĂa. Que cada peso pautado sea visible en un portal, como en Chile o en España. Sin discrecionalidad.
2. FORTALECER EL MERCADO PRIVADO
Mientras los medios dependan en un 60 o 70 por ciento del Estado, no serĂ¡n libres. Hay que fortalecer el sector privado, el modelo de suscripciĂ³n, el apoyo a medios comunitarios y regionales. Un medio que vive de mil lectores que pagan es mĂ¡s libre que uno que vive de un ministro que paga.
3. PERIODISTAS CON CONTRATO, NO CON BOCINA
Hay que dignificar la profesiĂ³n. Un periodista que gana 25 mil pesos y tiene que buscar su propia publicidad para sobrevivir, ya no es periodista, es vendedor. Y un vendedor no incomoda a su cliente. Sin seguridad laboral y salarial, no hay independencia posible.
No hay libertad de prensa si el que te puede cerrar el negocio es la misma persona a la que tienes que investigar. Es un conflicto de interĂ©s estructural. Es poner al ratĂ³n a cuidar el queso y pedirle que denuncie cuando falta.
Podemos seguir engaĂ±Ă¡ndonos, celebrando el DĂa de la Libertad de Prensa con desayunos oficiales y placas de reconocimiento entregadas por los mismos funcionarios que deciden quiĂ©n come y quiĂ©n no. O podemos decir la verdad incĂ³moda: en RepĂºblica Dominicana la censura no necesita tinta roja. Le basta con una orden de publicidad.
Y hasta que no cortemos ese cordĂ³n umbilical entre el erario y la lĂnea editorial, seguiremos teniendo medios, muchos medios, pero no tendremos prensa.






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